viernes, 13 de junio de 2014

Una de vaqueros


“Nací en Laredo, el mismo día que desenterraron a mi padre para llevarlo a México.” Decía Pedro Manriques, mientras amartillaba la Colt. Acariciando el gatillo sintiendo la tensión entre la vida y la muerte.

Gotas de sudor escurrían de la frente de Mark Mc Allister, sus ojos escudriñaban el fondo oscuro del cañón de la Colt como un desfiladero en las noches sin luna, la negrura de la muerte; de su alma.

“Tenía doce años cuando en Topo Chico mataron mi madre y a mis hermanos, ¿sabe? Nos robaron todo, pero pude escapar gracias a que mi hermano Avelino me metió a un barril de agua y desde ahí escuche la balacera y cuando la furia se acabo salí del barril y con todo y el frío del desierto corrí hasta la casa y miré a mi madre muerta” decía Pedro mientras de una caja de la mesa tomó un puro. La muerte merecía ser reverenciada.
“Tome los puros que quiera, son buenos, me los trajeron de las islas españolas” dijo Mc Allister tratando de esconder su miedo y pensando en el viejo revolver Colt del ejercito que aun tenía en su cajón, el cajón que también contenía el ultimo retrato de su madre y recordó el olor del mar y el frío que como demonio se le depositó en los huesos cuando era sólo un niño y su padre le toco el hombro y le sentenció “hijo, has llegado a América.”

Las espuelas de Manriques tintineaban en el piso de madera, cada paso lo acercaba a su venganza “Vi a los hombres en el desierto haciendo el branding, no me podía dormir. En el desierto no puedes dormir en la noche si no tienes fuego. El frío era bastante y esperé el amanecer para dormir. Al despertar el sol había avanzado y me acerqué al campamento ya abandonado y sucedió un milagro sobre la tierra vi la marca, una “M” rocking cruzada por una “A” Lazy; la Virgencita había contenido a los vientos a la misma tierra para que yo viera la marca del asesino de mi madre.”

Mc Allister recordaba su años poco antes de la guerra volviendo a recordar su revólver del ejército del sur que dormía en al cajón de su escritorio “¿De qué año me habla?” preguntó fijando sus ojos azules en el brillo de la Colt de su enemigo. Sus ojos fríos en el metal frío.

“Parece ser un hombre de honor Mc Allister ya que sin preguntarme le he estado hablando de mi pasado pero es lo menos que le debo a un hombre que está a punto de morir por mis manos.” Pedro Manriques con su rostro moreno quemado por el sol y curtido por la tierra su nariz afilada sus cejas espesas y su mirada negra. Chupaba el puro y continuó: “Conocí a Mendo Méndez, que fue un padre para mi, en Gonzales Texas el me enseño todo lo de un backroo con su poncho y su arma en el cinturón a la mexicana y un tiempo trabajé con él, me metió de wrangler, el era un swing y aparte un flonker muy bueno con la riata. Pasado algún tiempo cuando tenía dieciséis años llegue a flanker y fue cuando llevamos ganado a Kansas que un viejo confederado lo empujo contra la manada, sólo por ser mexicano. Lo vi todo y enterramos a Mendo en el camino. A la noche tomé mi revolver busqué al tal Woodman y le planté un balazo en la frente. Fue cuando tuve que huir. Era la segunda vez que lloraba y la primera que mataba a un hombre.”

Mc Allister busco con su lengua su muela destruida por la caries. Pensó en el dolor. Pensó que ya no le importaba. Ahora podía matarlo un greaser con hambre de venganza. Por lo menos los negros nacieron en América. “No entiendo de que me habla senior” dijo al momento que busco su reloj en la bolsa del chaleco. “Soy un buen americano; he trabajado por todo lo que tengo y si me pregunta también he matado hombres por menores ofensas que esta.”

“Los gringos no son buenos. El Diablo lo sabe y Dios lo ignora mister Mc Allister” dijo Pedro Manriques clavando sus ojos negros en las pupilas azules de Mark y el humo del tabaco se arremolinaba alrededor de la lámpara.

“¿No negará a un hombre un trago de wiskey?” Preguntó Mc Allister mientras se ponía de pie, lo que hiso que Manriques levantara aun más el revólver “No se mueva yo se lo sirvo, faltaba menos” al mismo tiempo que sacudía la ceniza del cigarro. Manriques tomo la botella y sirvió dos vasos le llevó uno a Mc Allister quien miró a través del liquido.

Manriques apuró su trago el cual derramó un poco sobre su camisa de franela, sintiendo el sabor del alcohol y el olor a pólvora mientras en un segundo pensó “pinchis gringos ya me chingaron” y el dolor lo llevó a caer sobre los tablones y su sombrero recorrió dos metros eternos, el ruido del winchester se unía con el estruendo de la caída. Sintió la bala en la espalda. Escuchó pasos de unas botas sin espuelas y nuevamente otra explosión y otra vez los sonidos metálicos de la recarga y otra explosión. Aun tenía la Colt en sus manos pero perdió el valor y la fuerza para levantarlo. El calor era intenso como en el desierto. Sólo era otro hombre matando por lo que él quería venganza.


Fin. (Imagínese aquí el cuerpo del vaquero caído de bruces y atrás un hombre con un rifle humeante)

Cinco, Hache. Te



Recorría la pantalla, la imagen se había congelado. La blusa. El color. El cuchillo. Las piernas. La luz.

Durante la tarde se sentía feliz, pero al llegar la noche necesitaba de la pantalla y la conexión a internet y entonces el sueño se le escapaba y comenzaba a comerse la uña del dedo anular izquierdo. El hambre le atacaba y entonces iba al refrigerador a sacar un paquete de salchichas que comía frías, mientras veía las imágenes de sexo y sangre las cuales le hacían sentir mejor. El olor a sexo trepaba a su nariz masturbándole el cerebro. Tenía que mantener el orden de su mesa de trabajo, afilar los lápices y acomodar las hojas por colores. El sudor de sus manos comenzaba a manchar el escritorio y el teclado de la computadora. Tomaba unas servilletas, las mojaba y limpiaba el sudor y la suciedad, consecuencias de sus auto escarceos sexuales. Se levantaba e iba hacia el sofá se recostaba tratando de dormir pero las ideas múltiples le invadían la mente y entonces todo comenzaba de nuevo. Volvía a la pantalla veía las imágenes de mujeres cercenadas y hombres en éxtasis sexual. Apuraba la taza de café y su mano buscaba entre su pantalón como si fuera extraña y perteneciera a otra persona y entonces se negaba pero siempre terminaba embaucado. Y otra vez todo comenzaba, la suciedad en la mesa y las servilletas limpiando el desorden.

Trataba de leer para conciliar el sueño, pero uno de sus ojos siempre observaba la pantalla que esperaba paciente alguna nueva imagen, entonces perdía el renglón de su lectura y leía varias veces el mismo párrafo y la pantalla se encontraba ahí sola y paciente en espera de su fisgón favorito. El dedo anular regresaba a su boca y la uña era mutilada, buscaba con la mirada el número de página del libro para recordarlo más tarde, aunque sabía que siempre lo olvidaba, llegaba ante la computadora y resistiéndose a la tentación buscaba a alguien con quien hablar en el “chat”, pero sus esfuerzos eran inútiles, su atención hacia la pestaña con las imágenes era dominante, ponía algo de música e intentaba regresar al libro perdiendo tiempo en encontrar la página en que lo había dejado y volviendo a leer varias páginas hasta encontrar el ultimo renglón que recordaba el cual no siempre era el último que había leído.


“Dormir. Dormir…”. Repetía como un mantra pero cada vez el sueño era menos y entonces su cerebro encontraba una explicación a su problema y la posible solución, sería la última vez, la última vez que miraría la pantalla, la última vez que vería a las mujeres que se mostraban realmente desnudas… sin piel. Sería la última vez y entonces, pensaba, encontraría el confort que lo haría dormir y trabajar al siguiente día. Tomo la botella de agua y bebió pausadamente con tragos prolongados tratando de encontrar un alivio en el agua, fue a la cocina por más servilletas de papel, se quitó el pantalón observó la pantalla que iluminó su cara de colores la mano buscó su objetivo… y el resplandor penetró su cerebro.