“Nací en Laredo, el mismo día que desenterraron a mi padre
para llevarlo a México.” Decía Pedro Manriques, mientras amartillaba la Colt.
Acariciando el gatillo sintiendo la tensión entre la vida y la muerte.
Gotas de sudor escurrían de la frente de Mark Mc Allister,
sus ojos escudriñaban el fondo oscuro del cañón de la Colt como un desfiladero
en las noches sin luna, la negrura de la muerte; de su alma.
“Tenía doce años cuando en Topo Chico mataron mi madre y a
mis hermanos, ¿sabe? Nos robaron todo, pero pude escapar gracias a que mi
hermano Avelino me metió a un barril de agua y desde ahí escuche la balacera y
cuando la furia se acabo salí del barril y con todo y el frío del desierto
corrí hasta la casa y miré a mi madre muerta” decía Pedro mientras de una caja
de la mesa tomó un puro. La muerte merecía ser reverenciada.
“Tome los puros que quiera, son buenos, me los trajeron de
las islas españolas” dijo Mc Allister tratando de esconder su miedo y pensando
en el viejo revolver Colt del ejercito que aun tenía en su cajón, el cajón que
también contenía el ultimo retrato de su madre y recordó el olor del mar y el
frío que como demonio se le depositó en los huesos cuando era sólo un niño y su
padre le toco el hombro y le sentenció “hijo, has llegado a América.”
Las espuelas de Manriques tintineaban en el piso de madera,
cada paso lo acercaba a su venganza “Vi a los hombres en el desierto haciendo
el branding, no me podía dormir. En el desierto no puedes dormir en la noche si
no tienes fuego. El frío era bastante y esperé el amanecer para dormir. Al
despertar el sol había avanzado y me acerqué al campamento ya abandonado y
sucedió un milagro sobre la tierra vi la marca, una “M” rocking cruzada por una
“A” Lazy; la Virgencita había contenido a los vientos a la misma tierra para
que yo viera la marca del asesino de mi madre.”
Mc Allister recordaba su años poco antes de la guerra
volviendo a recordar su revólver del ejército del sur que dormía en al cajón de
su escritorio “¿De qué año me habla?” preguntó fijando sus ojos azules en el
brillo de la Colt de su enemigo. Sus ojos fríos en el metal frío.
“Parece ser un hombre de honor Mc Allister ya que sin
preguntarme le he estado hablando de mi pasado pero es lo menos que le debo a
un hombre que está a punto de morir por mis manos.” Pedro Manriques con su
rostro moreno quemado por el sol y curtido por la tierra su nariz afilada sus
cejas espesas y su mirada negra. Chupaba el puro y continuó: “Conocí a Mendo
Méndez, que fue un padre para mi, en Gonzales Texas el me enseño todo lo de un
backroo con su poncho y su arma en el cinturón a la mexicana y un tiempo
trabajé con él, me metió de wrangler, el era un swing y aparte un flonker muy
bueno con la riata. Pasado algún tiempo cuando tenía dieciséis años llegue a
flanker y fue cuando llevamos ganado a Kansas que un viejo confederado lo
empujo contra la manada, sólo por ser mexicano. Lo vi todo y enterramos a Mendo
en el camino. A la noche tomé mi revolver busqué al tal Woodman y le planté un
balazo en la frente. Fue cuando tuve que huir. Era la segunda vez que lloraba y
la primera que mataba a un hombre.”
Mc Allister busco con su lengua su muela destruida por la
caries. Pensó en el dolor. Pensó que ya no le importaba. Ahora podía matarlo un
greaser con hambre de venganza. Por lo menos los negros nacieron en América.
“No entiendo de que me habla senior” dijo al momento que busco su reloj en la
bolsa del chaleco. “Soy un buen americano; he trabajado por todo lo que tengo y
si me pregunta también he matado hombres por menores ofensas que esta.”
“Los gringos no son buenos. El Diablo lo sabe y Dios lo
ignora mister Mc Allister” dijo Pedro Manriques clavando sus ojos negros en las
pupilas azules de Mark y el humo del tabaco se arremolinaba alrededor de la
lámpara.
“¿No negará a un hombre un trago de wiskey?” Preguntó Mc
Allister mientras se ponía de pie, lo que hiso que Manriques levantara aun más
el revólver “No se mueva yo se lo sirvo, faltaba menos” al mismo tiempo que
sacudía la ceniza del cigarro. Manriques tomo la botella y sirvió dos vasos le
llevó uno a Mc Allister quien miró a través del liquido.
Manriques apuró su trago el cual derramó un poco sobre su
camisa de franela, sintiendo el sabor del alcohol y el olor a pólvora mientras
en un segundo pensó “pinchis gringos ya me chingaron” y el dolor lo llevó a
caer sobre los tablones y su sombrero recorrió dos metros eternos, el ruido del
winchester se unía con el estruendo de la caída. Sintió la bala en la espalda.
Escuchó pasos de unas botas sin espuelas y nuevamente otra explosión y otra vez
los sonidos metálicos de la recarga y otra explosión. Aun tenía la Colt en sus
manos pero perdió el valor y la fuerza para levantarlo. El calor era intenso
como en el desierto. Sólo era otro hombre matando por lo que él quería
venganza.
Fin. (Imagínese aquí el cuerpo del vaquero caído de bruces y
atrás un hombre con un rifle humeante)