domingo, 15 de noviembre de 2015

Seis.

Uno.

Ya no recuerdo…
Fui una abuela mala, no quise a mis hijos y por supuesto jamás  a mis nietos, tuve muchas cosas, entre ellas un amante que era militar llamado “Don Paco”, el cual dejé de querer cuando estando viejos.
Don Paco en  algún momento ya  ancianos ambos,  aprendió a tocar el acordeón. Pasaba todas las tardes tocando viejas canciones que yo nunca me supe, la música jamás me gustó. Tengo en mis recuerdos aquello como un simple sonido de fondo, como algo que pasaba;  por eso,  “Don Paco”, al poco de tiempo murió; dejó de sentir mi amor.
O quizá no amé a nadie. Mis nietos me lo dijeron, tenían esa idea de mí. Una idea nada errada en cuanto se refería a ellos. Fue difícil.
Soy una anciana y jamás fui feliz entonces. A mí que no me vengan con chingaderas de que la felicidad es la familia. Tengo una familia, hijos, nietos. “Todo eso”. ¡“Eso”, jamás me hizo feliz!
Es curioso pero siempre atesoré las agujas quirúrgicas con su respectivo hilo, para siempre coserles a los hombres sus respectivas heridas, lo cual me gustaba más que el sexo. Y eso que el sexo me gustaba mucho.
Recuerdo aquellas fotos que me tomé en baño de vapor. Mi soldado me las tomaba.
No puedo entender… ¿Por qué cuando se murió mi marido me volví loca? ¿Qué fue? ¿Mi consciencia? ¿Mi arrepentimiento? ¿O amé a ése cabrón? Un alcohólico de a peso con otras viejas que mantener.
¿Cómo iba a amar a ése cabrón que me había hecho dos hijos?
¿Cómo me piden actuar como esas abuelitas de las telenovelas?
¿Quiénes esperaban eso de mí? Mis nietos pendejos.




Dos.

Empecé a llevar libros a la casa, algo que no era una costumbre en mi familia. En mi casa no había libros. El primer libro fue el que yo llevé.
Mis padres, vendían y vendían. Muchos españoles advenedizos quisieron comprarles su negocio, me acuerdo de esa época. Yo, mientras tanto, iba a la prepa. Empecé a conocer cosas, lugares, personas que venían de gente rica, de gente no tan rica, que en sus casas toda la vida hubo libros;  la realidad que yo pensaba que nadie notaba es que  también había personas que jamás habían visto un libro tal como yo. Mi familia no tenía abolengo alguno en aquel tiempo;  todos se hablaban de abolengos en aquellos días,  “qué la guerra de Abolengo”, “qué la guerra del 47”, “qué la invasión de los franceses”… “La invasión del Lego”.
Yo, solo recordaba la imagen de mi abuelo, un hombre con ropas rotas pero que tampoco significaban pobreza, porque de los pobres, él no era tan pobre porque tenía zapatos, de cuero negro y que todos los días los ponía al sol.  “¡Pa’que nunca se humedecieran!” Los demás días andaba de huarache y para cuando tenía que ir a la plaza a vender sus “productos”…. ¡Esa es la mamada! Alguien nos inculcó eso de “Vender productos”.   Era una transacción importante, una actividad de “reputación”, porque usaba calzado y  calcetines.  Todos nosotros tuvimos zapatos siempre, duraban mucho tiempo, hasta años. ¡Éramos de los que nunca andábamos delcazos porque había mucho pinche descalzo y  nosotros éramos privilegiados!
Comíamos y teníamos zapatos.
“Éramos clase media”.




Tres.

Nancy, que era conocida por Nancy “la de las paletas” porque siempre chupaba una paleta, jugaba conmigo por las tardes luego de que terminábamos las tareas de la escuela. Mi madre nunca me impuso quehaceres domésticos por lo cual siempre acudí puntual a mis lúdicas citas con Nancy aún con el conocimiento de su impuntualidad. Jamás le reclamé nada, sabía que no era cosa de ella sino de su madre que tenía que lavar ajeno y Nancy debía ayudarla. Una paleta era todos los días la recompensa que Nancy recibía agradecida.
Vivíamos en una zona industrial, había muchas cucarachas. Nancy y yo las matábamos con las manos luego de dar por perdida la guerra contra ellas.  Dedicamos muchas tardes a la investigación sobre estos bichos, nos documentábamos como podíamos, era un reto. Si en un puesto de periódicos veíamos una revista científica haciendo énfasis  en dicho espécimen, ahorrábamos para adquirir el documento. En la biblioteca ya éramos conocidas, no por consultar, sino por preguntar a menudo si habían llegado nuevas obras sobre cucarachas. Aprendimos que como cualquier ser viviente lo que necesitan para sobrevivir es agua; a partir de este razonamiento empezó el cultivo de nuestra vorágine de imaginación.
-¿Qué ser no necesita agua para sobrevivir, Nancy?
-Hasta los monstruos necesitan agua. Por las noches cuando me da sed los monstruos me esperan en el pasillo. Procuro tomar mucha agua para tener que ir a la cocina.
-Pero si bebes mucho entonces debes desecharla. Los monstruos te esperarán en el baño.
-Tienes razón.




Cuatro.

“…Sentía los pulmones agonizantes, me venía a menudo a la cabeza una barra de acero que se dobla. El corset era duro, pero al menos era negro. Esa tendencia a la negrura me hacía ver un poco elegante de vez en cuando, bonita nunca había sido pero era pálida y me pintaba los labios de rojo y me vestía de negro, entonces llamaba la atención.“

I
Yo pensaba en el olor de mis sobacos, tenía un pedo atorado y ella se quería poner “exquisita”.  Tantos años pasaron ya. No pienso nada. Es  eso  no tuvo trascendencia para mí. No lo tiene ahora, pero ella sigue preguntando.  Tengo que hacer un esfuerzo mental. No puedo estar atrapado más aquí en el baño. ¿Qué piensa una mujer que se quiere poner “exquisita” cuando su presa demora?
-No te preocupes, las  criaturas obscuras tienden a encorvarse naturalmente.
-¿Es broma?
-No. Tienden a encorvarse… Las brujas, los hechiceros, los cuervos tienen curvas. Los bailes vampíricos. Cuasimodo es el ejemplo por antonomasia.
-Soy una mujer, no soy un vampiro ni una cosa obscura.
-Bueno es que pensé en eso de tu ropa negra.
-Bueno es que sí sucedió algo… No tuvimos sexo pero sucedió algo.
-¿Sí o no?
-No. Es decir…  ¿Por qué me comparas con un cuervo o una bruja? Esas son cosas abominables.
-Oh… Quizá eres abominable.

Cuando supe que debí haber dicho algo malo, mi sinceridad dejó de tener peso. Agregué:
-Es decir, “fantástica”, abominable como, el hombre de las nieves. Seres con una personalidad aguda y definida.  _No sé qué quise decir con aguda y definida pero es lo primero que me salió de la boca
-Mi joroba es abominable.
-No tienes una joroba.
-No sé si la tengo, pero camino encorvada y la simple idea es terrible, abominable, monstruosa, ¡tienes razón! Por eso no tuvimos sexo.
-Creo que no tuvimos sexo porque te importa demasiado. Nunca había reparado en la situación, es parte de ti, tu andar como de… ¡Pantera rosa!  _Creo que la volví a cagar
-Pero tienes razón, soy monstruosa.
-No eres monstruosa.
Pienso que debo besarla pero pienso que no tengo el deber heroico, que además eso sería hipócrita y nocivo. Pero no sé qué  hacer. Quizá deba arreglar la situación de la manera fácil. Arreglarla para mí y que ella se vaya.
-¿Aún te gusto?
-Sí. Mucho.
Claro que me gusta y no estoy mintiendo. Es que siento hartazgo sobre el tema.
-Escribí un poema sobre lo que siento.
-¡Sobre tu joroba!
-Dijiste que no tengo joroba, que solo estoy encorvada.
-Lo que sea, lo tuyo es enfermo, “una Oda a tu espalda doblada”.
-Eres muy cruel.


II
Mire la cartera de agujas  con esa melancolía que definía a menudo la perdida de mi libido. “Una aguja colchonera” era parte del contenido.
Mire mis ojos dramáticamente maquillados, imaginé los zapatos bien pulidos de mi acompañante.
Bebo el té.  Mientras pienso en la deformación plástica de mi ser, observo la boca moviéndose pero no comprendo nada de lo que dice. Después de unos segundos me doy cuenta de mi grosería y sacudo la cabeza confesando que no escuché.
Él aparenta tolerarme. Seguí cosiendo mi abrigo, era verano pero yo quería mi abrigo… Era mi joroba.




Cinco.

Pues tenía piojos. Me empiojé.     
Era una niña y me daba mucha comezón.
Sentía que algo caminaba en mi cabeza, y no eran los piojos, eran las ideas.
Pero cuando mataba a los piojos me gustaba ver explotar la sangre. Y sentirla.
¡Oh, un día lo recuerdo sucedió algo muy interesante, les contaré!
Tenía el cabello muy muy largo, pero mi mamá me lo cortó porque me llene de piojos.
También tenía amibas, estaba siempre segura de ello, desde que me enseñaron en la escuela lo que era un parásito.





Seis.

Encontré detrás de un cajón, clavado con unas tachuelas un sobre de cartón con las fotografías de mi abuela desnuda. Después de unas semanas tomé su abrigo negro y me retraté en las mismas poses que ella. La envidé porque seguramente a ella la retrataron.